Crónica de un Enfermo (2)

El día segundo aceleraba el mundo opaco que desde un principio amenazaba a Luis Alberto. Le tenía pánico al potencial de aislamiento social… pero ya se daba cuenta que era inevitable.  Pese a una ansiedad inimaginable, Luis Alberto preservaba un sentido de dirección espiritual en medio de todo el conflictivo momento…

Día segundo: La cama: un nuevo altar.

Luis Alberto: Fue la peor noche de mi vida. Al fin me di cuenta, delirando con fiebre alta, que ya no estaba sobre mis pies. Los agentes de la ambulancia me llevaron al hospital a toda velocidad. La sirenas escandalizaban mi corazón y me ponía peor. Me removieron de la ambulancia rápidamente y me llevaron a un cuarto solitario para evaluarme… me conectaron a múltiples sondas y a diferentes aparatos electrónicos que median mi estado de salud… la respiración, el corazón, el pulso, el oxigeno, la temperatura… ¡de todo!

Pero lo que más me afligía era que ahora si, estaba en la cama postrado.

Los médicos y las enfermeras volaban a mi alrededor como abejas cuidando el panal. Y otra vez para mi trauma, los equipos electrónicos y los sonidos que proclamaban el estado de mi salud era deslumbrador.

En esa angustia no sabia mas que pedir perdón a Dios por las múltiples fallas en mi vida, pero más por mi desobediencia. Cualquier ser humano con un grado de consciencia pide perdón al Dios desconocido. Pero yo conozco a Dios en Jesucristo, y me da vergüenza decir que sabiendo hacer el bien, no lo hice. Y que, oyendo Su voz, la desobedecí. Pero, quizás como otros en mi lugar, me encuentro ante Dios que sorprendentemente me perdona y que me ama en realidad.

Percaté que, aunque en la enfermedad me quitó mis pies, no me quitó mi fundamento; que, aunque me quitó de esa forma erguida en la que podía pararme y ver Su trono y los cielos, no me quitó esa luz por la cual puedo ver a Dios mismo. Si; aunque estoy debilitado de mis rodillas corporales al no poder inclinarme ante Dios, todavía tengo las rodillas de mi corazón que se inclinan ante El para siempre.

Señor: Hoy, postrado a fuerza y en dolor, te entrego esta cama como un nuevo altar, hazme tu sacrificio; y así como haces a tu Hijo Jesucristo, el sacerdote, hazme tu diácono para ministrarte en una alegre rendición de mi cuerpo y alma a tu gusto,…

En estos momentos abrazo a Dios con la fuerza y con la confianza de que Dios hará de mi cama, de cualquier manera, que gire, un lugar donde puedo volverme hacia Dios. Siento tu mano sobre todo mi cuerpo, y puedo lo puedo palpar en toda mi cama, y ver allí todas mis correcciones, y todos mis refrigerios que fluyen de uno y lo mismo y todo de Su mano.

Hace poco eran plumas, hoy has hecho de esas plumas espinas en la agudeza de esta enfermedad. ¡Señor! Haz que estas espinas vuelvan a ser plumas, plumas de tu paloma, en la paz de la conciencia.

Señor, permíteme comulgar con mi propio corazón sobre esta nueva cama, estar quieto para proporcionar una cama para todos mis pecados anteriores y una tumba para mis pecados antes de llegar a mi tumba; y cuando los he depositado en las heridas de tu Hijo, para descansar en esa seguridad, de que mi conciencia está liberada de mayor ansiedad, y mi alma de mayor peligro, y mi memoria de mayor calumnia.

Haz esto, oh Señor, por su causa, que sufrió y sufrió tanto que pudiste, tanto en tu justicia como en tu misericordia, hazlo por mí, tu Hijo, nuestro Salvador, Cristo Jesús.

Dr. Zone: Una paz especial inundó el corazón de Luis Alberto. Estaba esperando lo resultados de los múltiples análisis médicos… estaba con fiebre, tos, y le costaba respirar. Continua.

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